martes, 1 de octubre de 2019
Propiedades textuales 2
Cada vez que una noticia vuelve a poner de relieve la profunda visión patriarcal imperante en el sis-tema educativo, quienes conocemos la calidad del esfuerzo creativo e intelectual de numerosas mujeres a lo largo de los siglos solemos ponernos de muy mal humor. La última que he leído, hace tan sólo unos días, clama realmente al cielo: en el programa de Literatura impuesto por el Ministerio de Educación para bachillerato, los alumnos sólo estudian a dos escritoras, frente a treinta y cinco autores hombres.
Las elegidas son Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán, dos glorias de la poesía y la prosa, respectivamente, del siglo XIX. Pero ¿dónde están todas las demás...? Ni siquiera aparece Teresa de Ávila, la santa andariega, de cuya calidad literaria nadie puede dudar. Ni sor Juana Inés de la Cruz, la monja intelectual del México colonial, maravillosa poeta.
No están María de Zayas, famosa narradora del Siglo de Oro admirada por el mismísimo Lope de Vega, o Ana Caro de Mallén, poeta y dramaturga andaluza de la misma época. Han desaparecido otras ilustres del siglo XIX, como Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado o Cecilia Böhl de Faber. Y, de manera increíble, no se menciona a ninguna de las grandes escritoras del siglo XX (y me refiero sólo a las ya fallecidas): ni a Carmen Martín Gaite, ni a Ana María Matute, ni a Josefina Aldecoa, ni a Carmen Laforet, mujeres –entre otras– sin cuya aportación no puede comprenderse la literatura española reciente. ¿Qué se les ha pasado por la cabeza a los responsables de semejante programa para borrar de un plumazo el esfuerzo y el talento de todas esas escritoras de primerísima fila? ¿Lo han hecho a propósito, en un esfuerzo deliberado por negar al género femenino en su conjunto su respetabilidad intelectual y creativa? ¿O es que por el hecho de ser mujeres dan por supuesto, sin ni siquiera leerlas, que la suya es una literatura menor, la rama pálida y débil –aunque quizá bellamente florida– del gran árbol literario que componen solo nombres de varones?
Probablemente la respuesta sea una mezcla de ambas causas. De cualquier manera, el resultado es bochornoso. Y lo es mucho más si se piensa que, cuando yo hice el bachillerato, casi todas esas autoras aparecían en los libros de texto. De eso hace más de cuarenta años, y Franco aún vivía. Por lo visto, hemos dado otro paso atrás. ¡Cuidado!
Ángeles Caso, “Otro paso atrás”, Magazine, 26/03/2017.
Propiedades textuales
Hace algunos meses, en una cena con amigos, alguien preguntó cuál nos parecía el mayor invento de la historia. La electricidad, la imprenta, la microelectrónica, empezaron a enumerar. Yo dije: el alfabeto. Porque ¿qué habría sido de la humanidad sin esa capacidad para comunicarnos a distancia, para almacenar datos, para compartirlos, para registrar la realidad, para reinventarla y embellecerla a través de la palabra escrita?
El primer alfabeto lo crearon los trabajadores semitas en Egipto hace 4.000 años. Ese protoalfabeto fue desarrollado después por los fenicios y refinado por los romanos: las manchitas de tinta que hoy depositamos alegremente sobre el papel tienen detrás una larga historia. Aprender a escribir es algo formidable. Es una de esas cosas dificilísimas que hacemos sin darnos cuenta de su complejidad (otra es andar). Y la escritura está tan íntimamente relacionada con lo que somos, es algo tan personal y tan ligado a todos los rasgos y accidentes de nuestra vida, que no hay dos letras iguales. El prestigioso Laboratorio del Servicio Postal de Estados Unidos realizó un estudio durante varios años sobre 500 parejas de gemelos y mellizos, y descubrió que, pese a compartir genes y biografías, la letra de los hermanos no se parecía más entre sí que la de cualquier pareja de individuos. La escritura es tan única como una huella digital, pero, a diferencia de ésta, se ve alterada por las circunstancias (como, por ejemplo, una noche sin dormir) y puede cambiar mucho a lo largo de los años. Nuestra letra es un espejo de nuestra existencia.
Pensaba en todo esto en París, hace unas semanas, mientras visitaba una preciosa exposición de la Biblioteca Nacional de Francia: Manuscrits de l’extrême, Manuscritos de lo extremo, una colección de textos redactados en circunstancias críticas. Divididos en cuatro apartados (Prisión, Pasión, Posesión y Peligro), la muestra exponía diarios de duelo, verdaderos sollozos atrapados por la punta de la pluma; billetes amorosos con dibujos obscenos que parecían temblar de deseo; textos agónicos y apresurados escritos en la tenebrosa antesala de la ejecución; diminutas tiras de papel cubiertas con una letra microscópica, sólo visible con lupa, anotadas clandestina y heroicamente desde la indefensión del prisionero. Había autores famosos y otros anónimos, pero todos los mensajes nacían de la urgencia más absoluta, casi diría de la necesidad de expresarse o morir. La escritura como salvación hasta de lo insalvable.
Algunos de los textos redactados en la cárcel estaban hechos con la propia sangre y sobre pedazos de camisas, porque no disponían de otra cosa: si se exponían a tanto para garrapatear esas palabras ansiosas, ¡qué importante tenía que ser para ellos! Me impresionó un pequeño libro de horas de María Antonieta; en una hoja en blanco había una nota fechada a las 4.30 del 16 de octubre de 1793, es decir, del día en que iba a ser guillotinada a los 37 años de edad: “Dios mío, tened piedad de mí, mis ojos no tienen más lágrimas para llorar por vosotros, mis pobres niños. Adiós, adiós”, escribió en francés. Y después, la firma, grande, entintada, temblorosa. Un último mensaje para sus hijos que escondió entre las páginas de su librito de rezos.
Me estremecieron especialmente los textos de enfermos mentales, abigarrados, alienígenas, heridos por el negro terror del dolor psíquico. Y también una impactante frase escrita a toda prisa bajo el asiento de una silla de madera utilizada en los interrogatorios de la Gestapo: “Con todo el afecto a mis camaradas femeninas y masculinos que me han precedido y que me seguirán en esta célula. Que conserven su fe. Que Dios evite este calvario a mi amada novia”. Imagino al miembro de la Resistencia anónimo o anónima que garabateó estas palabras entre torturas y se me encoge el ánimo. Y al mismo tiempo, ¡qué hermosa, qué conmovedora esa esperanza en la escritura como instrumento de supervivencia! Más allá de la muerte y del infierno en vida están el consuelo y el milagro de la palabra. En el tranquilo placer de las lecturas de este agosto, pensaré en el poder que nos otorga la escritura. Feliz verano y hasta septiembre.
Rosa Montero, “Consuelo y milagro”, El País, 28/07/2019.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)